Aquellos que aman su ruido son impacientes de todo. Constantemente mancillan el silencio de los bosques, de las montañas y del mar. Taladran la naturaleza silenciosa en todas direcciones con su máquinas. Sienten miedo de que el mundo tranquilo los acuse de que están vacíos.
La urgencia de su inquieto movimiento parece ignorar la tranquilidad de la naturaleza, al fingir que tiene una finalidad. El estruendoso aeroplano parece negar por un momento la realidad de las nubes y del cielo por su dirección, su ruido y su pretendida potencia. Empero el silencio de los cielos permanecerá cuando el aeroplano haya pasado; la tranquilidad de las nubes permanecerá cuando el aeroplano se derrumbe. El ruido que hacemos, los negocios, nuestros objetivos y todas las fatuas afirmaciones acerca de nuestros propósitos, nuestros negocios y nuestro ruido: he ahí la ilusión.
Thomas Merton, “Los hombres no son islas”.



Javier, gracias por recordarnos el silencio primordial que somos en armonía con el cosmos y su Creador. En este tiempo en que nos succiona el ruido omnipresente hay que hacerse un espacio para recuperar el silencio interior en el cual reconocernos y encontrar a Dios, tal como los místicos de todos los tiempos y culturas nos han enseñado. Tal como Merton lo hiciera, un maestro del diálogo fecundo, hoy imprescindible, entre la mística cristiana y la de oriente.
Gracias Inés, me encantó tu aparecer vuelto comentario y comentario profundo, muy linda sorpresa. A ver cuando se publica la nueva edición de la Revista PERSONA. Si tenés fecha comentalo, ¿dale?
Gracias Javier por tu respuesta siempre acogeedora. La Revista PERSONA se hace esperar un poquito porque saldrá muy buena esta vez y a ver si la acercamos a que parezca un regalo de de Navidad. Está cerca, hagamos ejercicio de paciencia.