La lectura de estos días de una obra de Vicente Fatone (1903-1962), aquél prestigioso catedrático argentino, experto en religiones comparadas, me evocó algunos recuerdos vinculados a la experiencia mística y me devolvió la sensación de misterio, que brota al dar lugar a una mirada sintiente del mundo que habitamos. Tan compenetrados en la rutina de prácticas y discursos que en su repetición alienan al espíritu, este tipo de lecturas, al menos para quien escribe, ayudan a contemplar la realidad y el papel de uno en ese universo, desde un prisma en donde lo evidente se corre y el suspiro de ser se hace lugar.
“Mística y religión” es el trabajo de Fatone que la Universidad Nacional de Córdoba y la editorial Las cuarenta se decidieron publicar en 2009. Allí el autor aborda el fenómeno místico en tanto experiencia y sin reducirlo a dogma o creencia particular. Lo valioso de su investigación radica en la vivencia concreta de individuos frente al misterio, a lo Otro absoluto, a la trascendencia.
En forma puntual me detendré en aquello que con suma dificultad llegamos a denominar “presencia” y que es esa situación recurrente que ha marcado -de una vez y para siempre- a místicos de Oriente y Occidente. Es que más allá de la educación, la religión o la época, estos sujetos han testimoniado haber tomado conocimiento, de forma sobrenatural, que su vida no encuentra en la muerte la palabra final.
En línea con Fatone, el psicólogo y pensador agnóstico William James reconoce en sus estudios sobre la “emoción religiosa”, que aunque no haya conocido a ésta en forma personal, es un elemento esencial a la experiencia humana. Entre los testimonios que cita en “Las variedades de la experiencia religiosa”, presenta el siguiente, que, palabras más palabras menos, sintetiza una vivencia ampliamente compartida:
El perfecto sosiego de la noche sobrecogía el ánimo con su solemne silencio. La oscuridad envolvía una presencia con tanta más fuerza sentida cuanto que no se la veía. Yo no podía dudar de la presencia de Dios, como no dudaba de la mía. Sí; yo me sentía, si ello es posible, el menos real de los dos.[1]
De manera similar mas sin atreverse a mencionar la palabra Dios, en el comienzo de su conversión, Gabriel Marcel refiere a su propio encuentro místico:
Yo, que me interrogo acerca del sentido y de la posibilidad de este encuentro, no puedo situarme realmente fuera de él ni frente a él; estoy comprometido en este encuentro, dependo de él, le soy, en cierto modo, interior; me envuelve y me abarca aunque yo no le abarque a él. Por consiguiente, sólo por una especie de deslealtad o traición puedo decir: ‘Después de todo, podía no haber sucedido esto y seguir yo siendo el mismo que era, el mismo que todavía soy’. Ni tampoco se puede decir: he sido modificado por él como por una causa exterior. No; él me ha desarrollado desde dentro, ha actuado sobre mí como principio interior a mí mismo[2].
Por último y con la intención manifiesta de no llegar a conclusiones forzadas, presento a continuación un caso más de los estudiados por James. En esta oportunidad se trata de la experiencia del psiquiatra canadiense, el doctor Bucke:
Yo me hallaba en estado de quieto, casi pasivo deleite; en rigor, sin pensar, dejando que las ideas, las imágenes y las emociones fluyesen por sí mismas, si así puede decirse, a través de mi espíritu. De pronto, sin que nada me permitiese preverlo, me sentí envuelto en una nube color llameante. Por un momento pensé que se trataba de fuego, de un inmenso incendio en algún sitio muy próximo a la gran ciudad; en seguida comprendí que el fuego estaba dentro de mí mismo. Inmediatamente después me sobrevino un sentimiento de exultación, de inmenso júbilo acompañado e inmediatamente seguido por una iluminación intelectual imposible de describir. Entre otras cosas, llegué no sólo a creer si no que vi que el universo no está constituido por materia muerta sino que es una Presencia viva. Logré la conciencia, en mí mismo, de la vida eterna. No era la convicción, sino la conciencia de que yo poseía, en ese momento, la vida eterna; de que el orden cósmico es tal que, sin duda ninguna, todas las personas colaboran en el bien de cada una y de todas; que el principio fundamental del mundo, de todos los mundos, es lo que nosotros llamamos amor, y que la dicha de cada uno y de todos es, en este prolongado curso, absolutamente segura. La visión duró unos pocos segundos y desapareció; pero su recuerdo y el sentido de la realidad de lo que me enseñó ha subsistido durante el cuarto de siglo que transcurrió desde entonces. Supe que lo que me mostraba la visión era cierto. Yo había alcanzado un punto de vista desde el cual veía que tenía que ser cierto. Nunca, ni aun durante los períodos de más profunda depresión he perdido ese punto de vista, esa convicción, esa puedo decir, conciencia.[3]
[1] Cit. en OTTO, R., Lo santo; Alianza, 5ª ed.; Madrid, 1998, p. 33
[2] MARCEL, Gabriel; Aproximación al misterio del ser; Encuentro; Madrid; 1987, p. 42-43
[3] FATONE, Vicente; Mística y Religión; Editorial de la UNC; Las cuarenta; Córdoba; 2009





Que buen tema el de la presencia!
El texto me hizo recordar sensaciones/emociones muy importantes para mí con las que hace tiempo que no me conectaba.
Voy a aportarte mi testimonio, en dos oportunidades tuve la posibilidad de sentir, saber, experimentar, no se que término usar, una experiencia religiosa. En los dos casos aunque totalmente distintos uno del otro el común denominador entre ambos fue el Amor inconmensurable con el que me sentí bendecida y la Paz posterior.
Estas experiencias me dieron la certeza sobre la trascendencia del ser y la unión con una presencia absoluta que nos AMA, algo que la vida cotidiana con su enorme cantidad de problemas nos hace perder de vista facilmente y que gracias a éste texto revivió en un segundo ya que es algo imborrable.
Gracias por revivirme estas experiencias.