La vida como encuentro

Qué difícil me resulta a veces convivir con personas que ven al otro como un producto del que pueden satisfacerse, como alguien que me sirve o me deja de servir y que todo gira en torno a sus intereses. Cuántas veces el mismo lenguaje –y no por azar- nos pone de frente al ofrecimiento inocente de quien busca trabajo y habla al empleador de cómo puede serle útil para esto o aquello. Está tan incorporado que ni nos damos cuenta: ¡Una persona jamás puede ser útil! En todo caso aportará valor, útiles son las cosas.

El hecho es que nadie que menosprecia o agrede termina siendo impune. No es gratis el maltratar o ser indiferente, pero no porque quien así actúe “ya la va a pagar”, tal como señala esa creencia que en realidad es una mezcla de resentimiento e impotencia; sino porque nadie que tenga esta mirada del otro puede hallar paz.  Muy por el contrario, la postura utilitarista no provoca más que ansiedad, insatisfacción… infelicidad a fin de cuentas. Es que en la medida que reduzco al otro me reduzco primero a mí mismo. Quien mantiene un trato de estas características con sus semejantes, por más poder o atractivos que pudiera exhibir, no tiene otro destino que la soledad y no creo que haya cosa peor que quedarse aislado en el propio capricho, o bien saber que aquellos que permanecen lo hacen sólo por interés.

En este último tiempo (¿será que volver a ser padre me dio mayor sensibilidad?) se me hizo mucho más notable la existencia de dos maneras de ser anidadas en el corazón de los hombres. Están aquellos que viven la vida como encuentro, e inspirado en ellos escribo estas líneas. Me refiero a quienes comprenden a los demás como a quienes se debe ayudar y de quienes uno puede ser ayudado. Saben valorar la amistad y los lazos de afecto están más allá de las diferencias, es decir, se permiten querer al otro aunque piense distinto y conocen el sentido del compartir. Quizás pecando del lugar común la ronda de mate sería una buena metáfora para entender la vida de este modo. En un tiempo tan materialista parecen escasear pero sí que todavía hay quienes son movidos por el amor, la generosidad y la sencilla razón de entender que sin el otro no soy nada.

La tristeza es que en el otro extremo tenemos a quienes profesan la frialdad del corazón, quienes antes de dejarse ser sí mismos y mostrarse en su vulnerabilidad inexpugnable (todos somos propensos al error, frágiles, necesitamos del cariño y el reconocimiento de los demás y tantísimas cosas nos quitan el sueño) todo lo calculan y con todo especulan. Ven al otro con sus permanentes necesidades -y no a los pobres, los solos o los sufrientes en el lejano abstracto- como obstáculos, y aunque se esfuercen, se evidencia la simulación cuando aparentan mostrar empatía.

Todos en mayor o menor medida estamos atravesados –o seremos atravesados- por la prueba del dolor. Por eso me convenzo de que la verdadera grandeza del ser humano está en la manera en que da significado a los acontecimientos dolorosos, o en otras palabras, en lo que hace a partir del mal que le sale al cruce. Las personas que conciben la vida como encuentro no son producto de cunas color de rosa, no obstante eligen confiar, dar crédito, apuestan una y otra vez por la persona y entienden la vida como un tránsito compartido que merece la pena celebrarse.

6 comentarios para “La vida como encuentro”

  1. Federico

    ¡Gracias Javier! Muy inspirador y motivador para bajar a la cotideaneidad el personalismo, y fortalecer así el encuentro con nuestros seres queridos y con todas las personas de nuestra vida.
    Un abrazo.

  2. Santiago

    Javier, muy interesante el artículo sobre Empatía (o falta de…).
    Como dije en algún curso compartido, con más empatía en todos los ámbitos (familia, trabajo, circulos de poder) las relaciones humanas mejorarían mucho.
    Ojalá logremos un cambio al menos en nuestros círculos de interés.

    Abrazo,
    Santiago

  3. Pedro C. Mendonza

    Cuanta razón veo en tu mirada del utilitarismo imperante en las relaciones inter personales en muchos ámbitos (social, laboral, político, y hasta afectivo). Un «toma y daca» crudo y fuerte que, muchas veces, ni siquiera se disimula por quien lo ejerce. ¿No fue siempre así?, o es que el hombre ha potenciado esa condición? La conocida frase de José Hernández en su Martín Fierro: «Hacete amigo del juez, no le des de que quejarse, que siempre es bueno tener, palenque de ande rascarse», no es la mejor síntesis de ello. Me respondo. Lamentablemente creo que es inherente a la condición humana. El fenómeno al que apunta la fina y sensible pluma de Javier es que ahora todo este manejo de funcionalidades ha sido exacerbado por una amarga crisis de pérdida de todo sentido ético que prolifera aquí y allá. Porque es necesario ser un ganador, no importa a costa de cuantas cabezas tengan que rodar, que pisar es que

  4. Mac

    Gracias, fue un placer leer estas palabras. Cariños .

  5. Ines

    ¡Que bien me viene en este momento de mi vida estas lineas!
    Alguien que aprecio mucho lo vive, como consecuencia de alguna enfermedad que no conozco. No me refiero a que en todos sea patologico, pero me atrevo a decir que en este caso sì lo es por los sintomas clarisimos que lo afectan.
    ¡Que dificil es no poder ayudar a quien no quiere ser ayudado, alienado en su propio encierro de dolor!

    Por otro lado, es bueno destacar las ideas del encuentro y llamar a las cosas por su nombre como es costumbre en acto & potencia.
    Maria Ines.

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