A continuación abordaremos la relación que existe entre ver programas como los de Tinelli y ser una persona autónoma; al tiempo en que dilucidaremos por qué a veces es necesario aprender a decir que no a ciertos consumos para pensar en el propio proyecto de vida. ¿Hay compatibilidad entre tener un sentido existencial y ver a Tinelli, Rial o Gran Hermano? creemos que no. Pero para llegar a esa conclusión repasaremos, a partir de un texto de Domínguez Prieto el rol que tienen las virtudes y sobre todo, aquellas que hacen al dominio de uno mismo y la construcción de un proyecto de vida.
La importancia de las virtudes
El libro “La familia y sus retos”* de Xosé Manuel Domínguez Prieto, ha sido el responsable indirecto de esta nueva publicación de Acto y Potencia. La misma, cabe aclararlo de entrada, lejos de ser una síntesis de la obra de este pensador contemporáneo, responde a una serie de juicios de los que asumo toda la responsabilidad. Domínguez Prieto a lo sumo tendrá que fijarse qué es lo que anda inspirando por ahí.
En su edición de bolsillo, “La familia y sus retos” era uno de esos libros que dejaba para el final. Como si lo subestimase. Pero no porque piense que el autor no valiera la pena. Nunca más al contrario. Sólo que el saberme afín a su pensamiento le quitaba algo de interés. El abordaje sobre la familia me llevaba a adelantarme a lo que suponía sería el contenido de la obra: los valores, el diálogo, el estímulo a los hijos, los límites, etc., pero no desde la presunción, sino que sospechaba que el libro diría esas cosas que uno sabe, pero como no las vive del todo, para qué pensar en ello ¡y encima estar de acuerdo con lo que dice!
Sin embargo la sospecha no fue del todo apropiada ya que el trabajo de Domínguez Prieto, sostiene unos postulados que obligan a detener la lectura. Estudia la relación de ciertas virtudes con la afectividad, la voluntad y la corporeidad, haciendo un tanto incómodos algunos pasajes del libro por lo que implica reconocer que uno no es tan virtuoso como quisiera.
Yo sabía que por algo miraba de reojo este libro, que contra todo prejuicio, propone un discurrir absolutamente provocador -y por tanto interesante- en función del curso de los valores predominantes de nuestro tiempo. En épocas de exaltación del deseo y justificación de toda satisfacción individualista, Domínguez Prieto ayuda a pensar cómo la carencia de virtudes personales repercuten no sólo en el seno familiar, que es su tema de estudio, sino también en el trabajo, en las amistades y en la propia autoestima. Y que lo peor es que tales carencias suelen no ser percibidas, es decir, el que adolece de virtud, difícilmente se da cuenta de ello. Ahora bien, para este análisis, el autor se detiene en un concepto que llama dominalidad, y que describe como esa virtud por la cual uno adquiere dominio de sí mismo y se hace autónomo y que no consiste simplemente en saber decir “no” a ciertas cosas, sino en hacerlo desde un sentido previo.
“Decir ‘no’ no libera por sí mismo, no libera automáticamente. Decir ‘no’ sin más resulta represivo”. Por tanto, de lo que se trata es de “decir sí a los esfuerzos de cada día: el estudio, el trabajo, las tareas de casa, los momentos de encuentro”, señala el autor. Y también “saber decir no a lo que me empobrece: a un determinado programa televisivo, a la ingesta compulsiva de alcohol, a un gasto innecesario, etc.” Y continúa reflexionando sobre ese niño consentido que nunca crece aunque tenga veinte años, que no es capaz de recoger los platos o tener el cuarto ordenado y se pregunta: “¿cómo se pretende después que se responsabilice de su estudio o de vivir bien su tiempo libre?”
El sentido común como oposición a la realización personal
La dominalidad en síntesis es afirmación del propio sentido, del propio proyecto. Y aquí dejamos a Domínguez Prieto para continuar con lo que él ha provocado. Casi nadie tiene un proyecto de vida. No hay más dirección que lo que la masa o el sentido común disponen. ¡Si se abriera los ojos a la enajenación que hay detrás de ese sentido tan común como carente de significación! y que está tan incorporado a nuestra percepción de lo cotidiano, que hasta una forma de hacer política de pretensión desideologizada, se levanta sobre su creencia. Pero digámoslo sin más: el sentido común es la nada misma. No hay un tal sentido común, como conjunto de valores y saberes, sino que es una construcción simbólica reproducida socialmente y que -esto es lo que nos incumbe- oculta lo radical de cada vida: que hay un sentido personal, mucho antes, que brota de mí, responde a mi vocación y desde ese lugar tiende a lo colectivo.
Ahora bien, este sentido personal como opuesto al sentido común y que es el que precisamente aporta a la construcción de un proyecto de vida, suele hacerse posible cuando acaece la crisis. Bajo su cobijo me doy cuenta de que en realidad soy distinto de los demás, me doy cuenta que siento y espero de un modo en que jamás pudiera igualarme, ni mejor ni peor, pero como un sentir auténtico, propio. Puedo decir soy yo sin que me sepa a vacío. Desde ese despertar a la singularidad tomo conciencia de que me pasan cosas que no coinciden con un corpus común de vivencias superficiales.
De Tinelli y otras yerbas
Así y retomando a Domínguez Prieto y su dominalidad, puede elegirse no ver a Tinelli, no porque sea cosa popular o porque uno se escandalice de lo banal, digo, puede elegirse no ver a Tinelli, porque no me aporta nada, y por tanto, me empobrece. Ahora, ¿qué tiene de malo divertirse un poco, desenchufarse, no pensar en nada?, se levantan varias voces que reconozco, y respondo: no tiene nada de malo, es que de verdad, si no se sabe a dónde ir con la pobre vida a cuestas, está fenómeno, nada más coherente con esa práctica. No tiene nada de malo cuando se es igual que el resto, cuando no se avizora lo irreductible de la propia vida.
Muchos desacreditan este postulado con el pretexto de que entre apagar la tele y hacer la revolución o gestar una epopeya, hay un hiato al menos pronunciado. O en otras palabras, que si no veo a Tinelli en realidad nada cambia, entonces como todo da igual “no me vengan con cuestiones intelectualoides si lo único que quiero es pasar un rato agradable” resumiría quien considera inocuo el consumo de este tipo de programas televisivos. Y reconozco que no es tan sencillo dar cuenta del vínculo que existe entre el consumo de la televisión basura y el proyecto de vida. Así es como no nos damos cuenta de cómo ciertos mensajes, cierta valoración de la vida y de las personas, en una reiterada exposición, termina por condicionar hasta el más estoico. Frente al programa de Tinelli uno ve disolverse todo sentido trascendente de la propia existencia en el devenir de lo accesorio.
Quién alguna vez se fue a dormir con una idea entre sienes, una esperanza, un sueño, la reflexión sobre cómo hacer algo que valga la pena o el ensueño creativo que provee la literatura, entenderá cómo el vaciamiento momentáneo que hacemos por las noches frente al televisor en realidad y muy sutilmente va performando eso que somos y cercenando otros horizontes que tienen más que ver con la autorealización y el conocimiento de uno mismo. Si alguien dijera por ahí que somos lo que consumimos, no me opondría.
Ocurre que los valores que promueven estos programas, sea la espectacularización de la vida humana (hacer de una persona un objeto de consumo), el culto al cuerpo, la fama, la vida fácil, el entretenimiento vulgar, en síntesis, la exaltación de sujetos cuya máxima virtud es el escándalo, en su connivencia, llevan a una conciencia por lo menos contaminada, si no ya anestesiada. No me la creo que alguien que ve periodicamente a Tinelli o a Rial o cualquier paladín de la cultura basura, consumiendo sus programas bajo una suerte de complicidad (“qué fenómeno este Tinelli”, “cómo me hace cagar de risa Rial”), conserve incolummes esos valores y principios de los que seguramente -si le preguntáramos- se enorgullecería en defender. Porque de palabra casi todo el mundo está de acuerdo con el mérito, el esfuerzo, la humildad, el sacrificio y por tanto si hay algún resquicio de juicio sano, en algún momento tiene que ocurrir el cortocircuito. No se puede alabar a Tinelli y defender los valores. No es compatible la posición que dice “si, ya sé que Gran Hermano es una porquería” pero estar pendiente todo el tiempo de lo que pase en la casa. De este modo se cae en la fantasía de creer que una cosa soy yo y los valores que defiendo y otra lo que hago con mi tiempo.
El porqué de una conducta
El problema, como decíamos, es que casi nadie tiene un proyecto de vida y no hay peor ciego que el que no quiere ver. Pero qué difícil discutir estos temas con quién jamás experimentó la sensación de sentirse perdido, de desconocerse en sus actos al repasar el día y sentirse ajeno a sí mismo, el no reconocerse en lo que dice o hace. Quién nunca se extravió jamás podrá encontrarse, y quien se cree muy seguro de sí mismo ni sospecha su extravío.
Ahora bien, hablar de las cosas que propone Domínguez Prieto, como la templanza, que modera y atempere el querer, es decir que educa y ejercita hacia lo que tiene sentido; la sobriedad, la mansedumbre, la laboriosidad, parecen cosas muy loables, pero cuando analizamos la propia vida y lo que hacemos con ella, a veces da un poco de vergüenza. Lo que vale es ser conscientes de dónde está uno parado y que la exposición continuada a esos contenidos despersonalizantes, necesariamente tienen consecuencias en nuestras relaciones y nuestra predisposición hacia la vida.
Sólo cuando se acarició un ideal, cuando se experimentó alguna vez la sensación de encontrar un para qué, la pesadez de la tibieza hace daño. Únicamente en este contexto se entiende el valor de la conducta. Tan sencillo como que quien no tiene capacidad de evitar el bocado o la copa de más, tampoco va a saber contenerse antes de lastimar a alguien con la palabra. Sin una conducta, sin saber decir no oportunamente, es decir, sin poder elegir otra opción, se cae en el consumo de la fácil, donde van todos, y se es presa de la desorientación, propia del juicio débil y sin capacidad de discernir. En ese marco ¿Tinelli? todo bien.
* Domínguez Prieto, Xosé Manuel; La familia y sus retos; Emmanuel Mounier Argentina (EEMA); 2005



No lo somos, pero nos presionan para serlo, y es en la dirección de esa presión, de esa autoridad ejercida sobre nosotros en derredor del consumo hacia donde debemos centrar nuestros actos más revolucionarios.
En cuanto al libro de Xosé Manuel Dominguez, “La familia y sus retos”, indudablemente es un texto de gran intensidad, pero que después de leer sus últimos escritos, creo que no guardan coherencia unos con otros, por un evidente cambio en la interpretación de algunos temas. Compartía sus puntos de vista en este tema, ahora no.
Pero es que la vida del pensamiento es parte de la acción, y por tanto al cambio.
Dejo mi comentario asi, en varios puntos sueltos.
-Pienso en mis hijos y en como trate de educarlos para el bien. Lo que hacemos es lo que conforma nuestra actitud frente a las virtudes. Elijo “ser” en calidad, o manoteo lo que espontaneamente surge diariamente, porque me siento agobiada por el ajetreo, que en suma no es tan importante. Por ejemplo: no mentir (en lo poco y en lo mucho, no importa), para sacarme de encima una situacion que me llega y ni me da tiempo a medir las consecuencias. A mi me dio grandes resultados.
-Hay una ignorancia muy terrible porque esta muy generalizada y ¡se muestra sin pudores! (me refiero al pudor mental).
-¿Que concepto es ese que para “relajarnos” tenemos que ver una porqueria, o “divertirse” es tomar mucho,etc.? La verdad, no lo entiendo, a mi no me va.
-Es verdad que es muy bueno sentirse distinto de los demas, ni mejor ni peor. Da un poco de miedo, pero a la larga ves que podes aportar algo al otro.
-El que te diga, Javier, “¿que tiene de malo ver el programa de Tinelli?, no entendio nada.
Javier, muy buen articulo, coincido bastante mas allá de que muchas veces me veo tentada de ver a Tinelli, algunas cambio de canal, otras cedo y me quede mirando un rato… mi conclusión siempre fue que no hace bien, ver esas “peleas”, las cosas que se dicen, que se muestran, no deja ninguna linda sensación y por eso muchas veces me pregunté por que la gente elije ver esto… por qué elejo verlo yo.
En fin, mucho para meditar! No sabría asegurarte ya “que somos lo que consumimos” pero sí podría asegurar que lo consumimos nos afecta, hasta llegar a pensar que nada de lo que vemos es demasiado grave….
gracias x el articulo!
saludos! Cata
Querido JAVIER
Muchas veces se confunde el ser con el querer ser. Nos dejamos llevar por la corriente y vamos hacia donde conscientemente no iríamos. De allí la importancia de saber pararnos y observarnos, calificarnos y corregirnos. Y no sólo por programas como el de Tinelli o el de Rial, que tras la cáscara de la “diversión” sólo muestran lo peor del ser humano: la degradación, el abuso, la descalificación, la banalización del ser. También sucede en la vida cotidiana: ante un hecho con nos molesta, descalificamos en vez de intentar comprender la situación. Ante una situación que nos incomoda, huimos sin más. De allí que el entendernos y comprendernos dentro de una escala de valores sólida, nos permitirá estar en “positivo” ante estas situaciones y no caeremos en situaciones que no se encuadran en esa escala.
Un abrazo, Horacio
¡Por supuesto que somos lo que consumimos!, entonces llega la mezcolanza.
Javier, me toca de cerca tu artículo… es que ya no quiero más ver o escuchar programas basura, ni en TV o en la radio. Los noticieros que no informan y los programas basura que crean jovenes enfermos e inseguros todo eso en un entorno laboral explotador deja poco margen a la interioridad…
Siento que me faltan diálogos sanos y momentos para mí, aunque trato de crearlos.
Mis compañeros de trabajo no dejan de decirme que mis esfuerzos no sirven para nada; y me resulta dificil encontrar alguien que luche, con un sentido de esfuerzo continuado en el tiempo, por un sueño.
Cuando me flaquean las fuerzas para mantenerme auténtica a mí misma pienso en la repercusión social de mis decisiones. Como no tengo hijos, lo más cercano para mi es pensar en el ejemplo que yo les doy a mis hermanos, sobrinos, amigos…tengo días en que me preocupa, que me pareciera que eso no es suficiente; y pienso que la humanidad ya ha caído en un deterioro irreversible. Pero por suerte, tengo otros días en que me gratifica ver como un familiar o un amigo se atreve a dialogar de su proyecto de vida y que son capaces de compartirlo o que son capaces de distinguirse de las masas independientemente de lo que consuman.
Lo dificil no es para mí difícil decir “no” a un consumo masivo -sea un estereotipo, programa de Tv, alcohol, tabaco o marihuana…-; sino enfrentar a la sociedad. Por que ese “no” la mayoría de las veces conlleva a que nos dejen de lado y nos “tilden”… cambiar esa sociedad esa forma de exclusion e integrarnos con nuestros “no” o “sí”, eso es lo difcil!
Abrazo!
Nani
No creo en “somos lo que consumimos” pero si en que “consumimos lo que somos”. Quien se sienta ante la tv y disfruta de esos programas que manejan un nivel de violencia verbal, física a veces y psicológica, seguramente tiene en su vida alguno de estos componentes con los que se identifica. Cuanto mas consuma, mas se alimenta ese hábito.No se trata de decir Tinelli es esto o aquello, GH hace bien o mal. Se trata de mirar hacia adentro y preguntarse con espíritu critico: “que es lo que esto me reporta? Porque me identifico y me agrada esta nueva forma de asistir al maltrato?”.No es lo que veo sino, porque lo veo.
También pensemos que estos programas son un índice de nuestra sociedad y sus requerimientos.
Hace 3 años pedí a un amigo que hace tv asistir a la grabación de ese programa. Por defecto de profesión, tenia la necesidad de entender que había allí que tanto atrae. Fui. Soporte 15 minutos. Fue suficiente ver padres con bebes que hacían colas de horas para ver una caterva de personajes raros semi vestidos, gente eufórica y un conductor con emociones ficcionadas. Para mi fue parte de un “estudio antropo-sociologico”. Ese día me convenci que para muchos de esos televidentes, Tinelli o GH es una píldora de evasión, una suerte de anestesia, de vivir en la vida de otros un sueño personal. Pues quienes consumen esto son así o anhelan ser así, y el programa les hace el sueño realidad.Consumen lo que son, y cuanto mas consumen, mas son.
Estoy de acuerdo con Laura, creo que consumimos lo que somos y por eso consumimos “pan y circo” desde los romanos. Fué así y, por lo visto, sigue siendo así, nos guste o no. Hay múltiples ejemplos de ello. Estrictamente no creo que sea es un mal propio de determinado contexto y/o lugar, -léase sociedades desarrolladas, o en vías de serlo-. El problema asume características que deberían llamar nuestra atención, cuando millones de personas prefieren ingerir nocividad, pudiendo evitarlo. Si les damos pan y circo eso consumirán, pero si les damos pan y un cacho de cultura, me temo que la indigestión sería menor.
Javier sinceramente te felicito, me gustan mucho tus notas y te veo a lo lejos como un un faro que orienta y sirve de referencia para el navegante atosigado en aguas turbulentas, que sólo piensa en la ola que viene.
un abrazo
Pedro
Javier querido, realmente me he quedado impresionado con tu artículo, realmente sos un hombre diferente, te aseguro que me sorprendes tremendamente, hace rato ya que no te veo ni conversamos, pero tu padre, mi gran amigo, se encarga de hacernos saber de tus sentires y pareceres. Realmente Sos un grande digno de respeto y admiración
Mi intención no es confrontar con el autor de éste artículo y menos con los pensamientos del Señor Dominguez Prieto, pero si poder dar mi opinión al respecto.
Observo que en muchas pasajes del artículo se menciona la palabra valores, como si los valores para toda la sociedad fueran los mismos.
En mi opinión creo que toda la sociedad tiene valores, seguramente los de los demás no sean iguales a los propios. O podríamos afirmar que en la carcel, los presos no tienen sus propios valores o sus propios “códigos”, lo mismo con la gente que vive en la calle, o hasta la persona que tiene hijos y goza un muy buen pasar.
Cada uno tiene sus propios valores, sea por creencias religiosas, por como fue criado o por distintas situaciones que le haya tocado vivir en la vida. No estoy de acuerdo en hablar sobre los valores de los demás pero si en fijarse en los de uno mismo, y en base a esos valores poder tener su propio proyecto de vida, que puede ser completamente distinto al de los demás.
En sintesis no creo que los valores y los proyectos de vida sean para todos iguales, hay distintas maneras de ver las cosas. Por ende no creo en lo terminante de que algo tiene que ser de una forma u otra. Lógico es que la gente elija amigos, parejas, personas cercanas que tengan valores afines a los suyos, pero no por eso deberíamos decir que los demás no tiene valores. Entiendo que si los tienen, aunque distintos a los de uno.
Sí hago hincapié en que esos valores o proyectos de vida deben ser llevados adelante sin perjudicar al otro, sin dañar a terceros.
Y la realidad es que creo que la gente tiene proyectos de vida, que la gente sabe a donde quiere llegar. Seguramente haya personas sin rumbo, o preguntandose cual sería ese sentido que le quisieran dar a su vida, pero tal como lo menciona el autor, ese sería el punto de partida.
Respecto a lo de la televisión, no podría afirmar que es lo “basura” y que no. Yo consumo el programa de Marcelo Tinelli, consumo Gran Hermano, consumo telenovelas, conclusión, consumo televisión. Es algo que me hace entretener, y creo que a mis 30 años, estoy en condiciones de poder discernir entre algo que me parece inapropiado y vanal, de algo que me hace entretener y sacar una sonrisa o por que no, traerme a mi cabeza algo que estoy viendo y no me parece correcto.
No tengo hijos, pero sin duda no serían programas que me gustaría que vean hasta que lleguen a una edad donde puedan formar su propia opinión.
En mis días, tengo tiempo para esforzarme en el trabajo, para preguntarme que decisión a tomar sería la correcta, a donde me gustaría llegar el día de mañana, pero también tengo tiempo para descansar la cabeza y consumir un poco de televisión.
Lo que si no puedo decir es cual es la televisión “basura” y cual no. Me parece que eso es personal, respeto que a unos le pueda parecer “basura”, pero que a otros tambien les sirva como un momento de relajo o meramente un momento más en su vida diaria.
Felicito al autor por el artículo.-
Saludos,
Gonzalo
Luego de estar unos años afuera, vuelvo para pasar las fiestas en familia.
El taxista que me trae del aeropuerto me habla de un libro de Galeano. Cansado, apenas escucho lo que me dice.
Miro, soñoliento, la ventana.
Las plazas están repletas de personas leyendo. Puedo ver en los bares libros sobre todas las mesas, y basta que avancemos unas cuadras para que la vidriera de alguna librería aparezca frente a nosotros.
Me incorporo, bajo la ventanilla para que el aire fresco termine de despertarme.
Al detenernos en un semáforo una señora que cruza la calle, llevando las bolsas del supermercado, le dice a su amiga: ‘No, no.. en Cortázar la fuerza de la lectura es centrípeta, mientras que en Borges es una lectura centrífuga que te impulsa hacia un saber enciclopédico’.
No logro entender lo que sucede. Donde mire hay alguien con un libro en la mano.
Me bajo del taxi. En la puerta de casa me están esperando.
Antes de soltar las valijas pregunto qué es lo que está pasando.
-Ah… claro, no sabés nada. Fue hace un año… murió Tinelli.